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jueves, 30 de noviembre de 2017

Ercole Lissardi - PREDESTINACIÓN -

Después de la pregunta por la pornografía (que creo haber evacuado en mi libro "La pasión erótica", de Editorial Paidós, en términos que no admiten contra-argumentaciones facilongas), la que más a menudo se me hace es:
¿por qué escribe erótica? Por supuesto que lo primero que se le ocurre a uno es retrucar que el mismo tipo de pregunta no se le hace a los cultores de otros géneros, como el policial, la ciencia ficción, la novela histórica, sentimental o de horror. ¿Acaso a lo largo del siglo XX no ha quedado suficientemente demostrada la importancia para el sujeto de la vida erótica y la importancia de ir a fondo en su comprensión? Podemos entonces objetar que la pregunta de por qué dedicarse a la erótica es anacrónica e ilegítima, consecuencia de los dos milenios de represión de la sexualidad que el catolicismo impuso, etc.

Respuesta contundente. Pero entonces, ya más razonablemente, se nos repregunta así: Pero más allá de las generalidades que sobradamente legitiman su escritura ¿por qué usted, sujeto singular y único, con una trayectoria vital singular y única que cubre buena parte de la segunda mitad del siglo XX, se dedicó a escribir exclusivamente literatura erótica? (Recuerdo que en Brecha, refiriéndose a alguno de mis libros, un pobre despistado, sin duda que con buenas intenciones, se preguntaba por qué alguien que escribe tan bien no se dedica a temas más importantes. Así está la crítica literaria en nuestra amada provincia).

Permítaseme afirmar alegremente –puesto que no habrá manera de demostrar que estoy equivocado- que, si al cumplir yo mis 18 añitos alguien hubiera podido esculcar en lo más íntimo de mi intimidad con alguna objetividad y sin prejuicios, hubiera podido dictaminar sin margen de error que el resto de mi vida sería escritor de erótica o nada.

Lissardi antes de Lissardi (foto: Adriana Contreras)

Cojo la pluma, sin pudor alguno y con la voluntad de legar a los estudios de Lo Que Sea un testimonio rusonianamente honesto, intentaré en lo que sigue probar la verdad de la afirmación que acabo de hacer.

El dato fundamental de mi infancia y mi adolescencia es que transcurrieron entre mujeres: madre, hermanas, amigas de una y otras. El misterio de la diferencia no habría yo de padecerlo en términos superficiales. La intimidad de la mujer, sus ansiedades y sus estrategias fueron para mí un dato de la realidad, cosa natural, abierta y sin misterios, aunque tardara en aprender a sacarle provecho. No por casualidad me casé cuatro veces. Es decir, no sólo por la calidad humana de las que fueron mis esposas. Es que no sé vivir sin mujeres en derredor, si no las hay me falta el aire.

La contracara de la ventaja de estar rodeado de mujeres fue, por supuesto, que crecí sin imagen paterna. No hubo quien me marcara la cancha y moderara de alguna manera mis intereses. Está claro para mí que la guía paternal me hubiera mostrado lo pernicioso, si no lo ridículo, de las obsesiones que, en los modos que pasaré a detallar, iba incubando -obsesiones que con el tiempo se convirtieron en uno de los insumos básicos de mi literatura.

En esos años inmediatamente previos a la televisión cada domingo disponía yo de una función de cine continuado de tres o cuatro películas, o sea, de las 14 a las 20 horas aproximadamente. Por más aptas para todo público que fueran aquellas películas, debo decir que eran –especialmente las de serie B con que se iniciaba el programa- verdaderos hervideros de sensualidad. Hay escenas que en la indefensión total de la gran sala hipnótica, taladraron mi cerebro y se instalaron en lo más profundo para permanecer allí por siempre jamás.

Por el contrario, no creo que haber recibido educación primaria y secundaria en un colegio de curas haya tenido una influencia decisiva en relación con mi vida erótica. Por aquellos años la educación religiosa no era muy insistente. El ateísmo batllista pesaba mucho todavía. Un poco más de culpa, cuando mucho. Fui monaguillo, ayudé a dar misa, y quise ser cura, pero lo que me atraía, más que la fe, era la vida a resguardo –tal la imaginaba- de los peligros del mundo, que llevaban los integrantes de la congregación. A alguno de ellos medio lo había adoptado como figura paterna. Mi madre –bicho político nata- solventó sin polémicas el tema de mi vocación. “Como quieras –me respondió-, pero hablamos de esto cuando termines la secundaria”. Santo remedio.

La mecha de la obsesión se encendió definitivamente cuando pude acceder al soft-porn propio de aquellos años, final de los sesentas, justo antes de comenzar la Permisividad (o pseudo-Permisividad) de los setentas. Aquellos abrazos interminables en los que se ocultaba al milímetro lo que no se debía mostrar –hendiduras, mucosas, orificios, pendejos y la totalidad de la genitalia en su conjunto y por separado-, abundantemente condimentados con bandas sonoras de una intensidad retórica hasta la náusea, lo que me producían era dosis masivas de irritación, por no decir de furia, que terminaban en el disgusto y en la repugnancia. El soft-porn prometía y negaba en el mismo movimiento. Era mucho más indecente y dañino que la honesta pornografía que vino después. En una naturaleza sana no podía producir sino rabia, y, larvada, emboscada, una decisión de vengarse (sin proyecto alguno, por supuesto, más allá de ponerle una bomba a alguno de los tugurios que lo exhibían).

Quedaba, ciertamente, en este camino de perdición que sólo conducía a las fosas pestilenciales de la culpa –exagero un poco, por supuesto- el escalón más bajo. Yo, que nunca le tuve miedo a nada, di el paso adelante: compré, en un puesto callejero de la Ciudad Vieja, por debajo del mostrador y envuelto en papel de diario –porque la ley vigilaba cualquier traza de ese comercio prohibido-, libritos horrendamente impresos de pornografía paleolítica. Todo estaba allí, por fin totalmente expuesto, en fotos incomprensibles de tan mal impresas y en textos soeces hasta la estupidez. Aún para la peor de las hambres aquello era francamente incomible.


A Dios gracias hubo para mí en aquel Calvario estaciones de Regeneración. Un poco por azar, es decir, debido a mi curiosidad obsesiva y desatada, fui dando con cosas como “Agostino” de Moravia o “El silencio” de Bergman, que me fueron entreabriendo las puertas a la comprensión de que, en las practicas que tan urgente curiosidad me despertaban, había algo más que piel y secreciones, que cierto tipo de situaciones podían desembocar en dimensiones nuevas en las que el aire puro, el de los intereses humanos más legítimos, volviera a llenarnos los pulmones.

Estreno de El silencio de Ingmar Bergman, 1963

Pero, pregunto ¿es que el homúnculo hundido en las aguas pestilentes de la subcultura pornográfica puede resultar rescatado por unas gotas milagrosas de alta cultura? Es posible. No es mi caso. Otro ingrediente, más poderoso, dádiva especial del destino, vino a cerrar un itinerario nada provisorio convirtiéndolo en un proyecto de vida.

Cherchez la femme. Apenas tenía 15 años cuando encantos que no sabía que tuviera encandilaron, tanto como es posible encandilarse, a una coetánea virgencita. Fueron años de noviazgo, hasta el final de la adolescencia, con sexo hasta el hartazgo, en todas las variedades imaginables para dos adolescentes, y servido con una sabiduría impropia de una niña de su edad. Para mí la sabiduría sexual de una virgen sigue siendo un misterio impenetrable. Simplemente hay gente que, en una o en otra especialidad, nace sabia.

Aquello significó pasar, sin trauma alguno, de la miseria sexual y la culpa larvada, al paraíso erótico sin restricciones. Conocer la manera hipócrita hasta lo abominable con que la sociedad en que vivía administraba el saber de lo erótico con el único objetivo de generar miseria sexual y espiritual, y culpa, y luego, en una transición sin situaciones traumáticas, llegar a conocer con una plenitud y con una pureza absolutas los misterios esenciales de la vida erótica, fue acceder al privilegio de comprender vívida y directamente una de las dimensiones más importantes de la experiencia humana.

Creo que esta transición privilegiada hizo de mí, en última instancia, lo que soy: un escritor de erótica, alguien que se dedica, con los medios de su arte, a ensalzar la belleza y la profundidad del Deseo erótico. Con esta sucinta relación de hechos espero haber demostrado que desde muy temprana edad estaba predestinado para ser escritor de erótica.

2 comentarios:

  1. Pocas veces encuentra, uno, espejos. Sí, espejos en que mirarse y reconocer aquellos rasgos de la esencia que hacen de uno lo que ha decido ser. La erótica, tan despreciada en el arte y particularmente en la literatura, no es género en que se pierde el tiempo o el talento, que más o menos uno pueda tener. No es una opción. Es aquello que reside en el sentido más profundo de la especie humana. Es uno de los rasgos distintivos del ser humano. Negarlo es de necios. Negarlo es negarse a uno mismo. Y bien claro lo tiene uno de los monstruos del género, a nivel mundial, de los últimos decenios: Ercole Lissardi. Un predestinado. Un maestro. Un espejo.

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