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jueves, 12 de octubre de 2017

Ana Grynbaum - Devenir artista -

Si “La aventura de un fotógrafo en La Plata” fuera el primer libro de Bioy Casares que leo, si no tuviera establecida como lectora cierta relación cómplice con el autor, la interpretación que voy a proponer jamás habría
tenido lugar. Pues esta interpretación implica, llegado el final del relato, echar por tierra todas las sospechas generadas a partir de la trama y, al mismo tiempo, descartar que la historia esté “mal resuelta”.


En efecto, el final deja abruptamente caer todos los hilos que se fueron tensando desde el comienzo: el acoso del protagonista, Nicolasito Almansa, por parte de la siniestra familia Lombardo, el giro de dinero que se demora hasta la desesperación, la mafia encubierta tras la casa velatoria y su intento criminal, la vigilante estupidez con visos autoritarios del policía Mascardi, etc. Lo cierto es que al terminar una primera lectura los elementos de la intriga deben ser pensados de manera completamente nueva para que puedan ocupar su auténtico lugar en la peripecia.

Para empezar, que el protagonista se llame Nicolasito no suena serio, especialmente porque no se trata de un niño sino de un hombre joven. Almansa, fotógrafo principiante, viaja a La Plata para realizar fotografías destinadas a un libro que ilustre la ciudad. Puesto que proviene de un pueblito se deslumbra con la capital de la Provincia de Buenos Aires -aunque ésta no deja de ser una capital de provincia-. Su viaje de trabajo se convierte en una prueba iniciática en la que deberá mostrar no sólo pericia y sentido estético sino también el valor necesario para atravesar situaciones escabrosas.

Muy a la manera de Bioy los personajes, que de entrada parecen recontra normales, devienen progresiva y aceleradamente bizarros y peligrosos. Al principio los únicos que se muestran raros y potencialmente maléficos son el viejo Lombardo y su par de sexies y descaradas hijas. Luego se agregan todos los demás: el amigo tira, la dueña de la pensión, el fotógrafo en cuyo laboratorio Almansa revela sus negativos, su secretaria nórdica y beata, etc. Llega un momento en que el lector no puede dejar de sospechar incluso del cándido Nicolasito, en cuya intimidad todos se permiten leer como si fuera un libro abierto, y sobre la cual no se guardan ninguna opinión. ¡Nadie puede ser tan ingenuo, tan transparente, tan imbécil! ¡Ni siquiera un personaje de novela! Si Almansa se entrega de esa forma extremadamente temeraria a los enredos de cualquiera ¡por algo será!

No puede ser sino literatura fantástica que todas las féminas caigan como moscas, desnudas y abiertas, ahorrándose el menor trámite, ante los encantos de nuestro héroe sin cualidades. O mejor dicho, ante nuestro héroe que cuenta con una sola cualidad, el arte de fotografiar, y una sola voluntad, la de realizar su arte.

Respecto del talento del fotógrafo poco nos dice la descripción de sus instantáneas de lugares típicos de La Plata y los retratos que impulsivamente va tomando en el correr de sus interacciones. Sin embargo, conociendo lo suficiente la literatura de Bioy, da para sospechar que la palabra “fotógrafo” no está ocupando un lugar central en el título de la novela para nada.

De hecho, la narración comienza con la llegada de Almansa a La Plata y termina con su partida. En el medio lo que sucede es la aventura de fotografiar y su afianzamiento personal como fotógrafo, ni más ni menos. Pero esto, que constituye el corazón del libro, se expresa indirectamente, a través de los avatares que el protagonista debe enfrentar.

Devenir uno mismo de acuerdo con los propios deseos es tarea de héroe, no exenta de dramatismo, que implica superar pruebas para demostrar el propio valor. Dicha dramática se desarrolla tanto en el plano de la fantasía como en el de la realidad. Todos esos personajes que acompañan y persiguen a Almansa en su trayecto por La Plata, que lo aman y lo odian, lo amenazan y lo cuidan, encarnan los demonios que dialogan con el artista en la aventura creativa.

Al final, en esa especie de última cena que reúne a todas las personas con que Almansa se vinculó durante su estadía en La Plata, en el momento preciso en que éste abandona la ciudad, está cifrado el sentido profundo del relato. Podemos ver el cuadro: es una escena de despedida, en la que necesariamente falta quien, por definición, se sitúa al otro lado de la cámara.


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El fotógrafo abandona a las personas reales que formaron parte de su peripecia artística, pero se los lleva como personajes, en sus retratos y en lo que hace de él esa experiencia, literalmente alucinante, a través de la cual se realiza en aquello que ha elegido como el centro de su vida -la fotografía-. Por eso incluso la mujer que ha llegado a amar debe quedar atrás, mientras él avanza hacia su próximo destino: Tandil -otra ciudad de la Provincia de Buenos Aires-.

Es necesario comprender que todos esos monstruos que acosaron a Almansa son los demonios inspiradores del artista. Con el final queda claro que la ingenuidad de Nicolasito es en realidad la vulnerabilidad propia del artista, condición indispensable para sentir el mundo y expresarlo.

El arte nace a partir de una lucha –violenta, excitante, incestuosa- del artista con los seres que lo habitan y lo perturban, que lo pinchan hasta empujarlo al límite de lo posible. Esos fantasmas, incluso monstruosos, son imprescindibles.

Almanza abandona La Plata hecho un verdadero fotógrafo, ya no el aspirante que era cuando llegó. Todos esos personajes que formaron parte de su experiencia contribuyeron con su realización. En verdad, fue él quien los devoró, convirtiéndolos en sus imágenes.

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El tema del artista en lucha con sus demonios lo traté también respecto de las películas “La hora del lobo” de Bergman y “Ocho y medio” de Fellini (ver entradas de fecha 12/8/2016 y 9/9/2016).

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